A mano amada.
Quienes me conocen saben que no podría ser de otra manera; que tenía que empezar hablando de mi poeta favorito. Si en sus años mozos el de Oviedo pasaba las tardes recitando y memorizando la obra de Juan Ramón Jiménez, yo pasé buena parte de la mi adolescencia leyendo y releyendo sin cesar 'A todo amor'.Esta afición que vengo cultivando se podría decir -de nada vale negarlo- , un tanto enfermiza. Ya no sólo llenar los bolsillos de papelitos de versos, abrir este libro de Biedma o aquel de Lorca como en un impulso, sino que las primeras marcas violáceas comienzan a aparecer cuando el insomnio hace acto de presencia.
Entonces, aún transcurridas las dos o tres de la mañana, lego, legis, legere, etcétera, etcétera.
Por lo visto, no es una patología tan rara. A más de uno ya le cuesta disimular las ojeras. Por cierto que también he sufrido un mal común entre tantos y tantos lectores. Y es que a menudo no te devuelven la obra que dejaste prestada, incluso advirtiendo previamente que era 'con vuelta', como se dice coloquialmente. Precisamente esto me ha ocurrido hace unos meses con ese volúmen tan querido del que hablaba. Pensé que dejaba a buen recaudo 'A todo amor'. Y quién sabe, tal vez ha sido así y mi recomendación causó tanto entusiasmo en el interesado que le condujo a no proceder a su devolución.En cualquier caso, quede aquí constancia de que el autor del 50' no les decepcionará. Lean y relean a Ángel González. Comprenderán que las ojeras, el sueño o la merma de su biblioteca son un mal, sin duda, menor.